SUSANA FORTES
Adiós, muchachos
Cielo
abierto, mar y distancia. Durante estos días pueden verse ya en algunos
palmerales de por aquí bandadas enteras de pájaros que empiezan a congregarse, como
cada otoño, preparadas para cruzar el charco. Buscan lo que buscamos todos:
aire tibio, luz, algo que llevarse a la boca, un horizonte. Ocurre así desde
hace milenios. No es nada malo ni bueno, pero como metáfora tiene su punto
melancólico. Toda esa energía desplegada en una misma dirección, la atracción
de la tierra prometida, apenas una línea borrosa a lo lejos, el cansancio de
una travesía demasiado larga, la prisa de los más jóvenes por llegar, el miedo
a perder altura, a no ser capaces de remontar el vuelo. La vida.
También en
este otoño incierto surcan los cielos otras aves migratorias. Chavales de
veintipocos años, que van por ahí con su mochila y su currículo con la foto de
carné grapada. Chicos listos, responsables, los mejores expedientes de su
promoción. Hablan dos o tres idiomas además del propio, se manejan con las
nuevas tecnologías, son serios, solidarios y han cumplido con su parte del
trato, pero aquí nadie va a apostar por su futuro. Por eso levantan la vista y
otean el horizonte, como si se sintieran de más.
580.000
jóvenes están ahora mismo preparando las maletas para cruzar la frontera.
Muchos son inmigrantes extranjeros que, ante la tromba que se avecina, regresan
a sus países de origen. Otros son la generación de nuestros hijos. Los más
jóvenes, los mejor preparados, a los que ahora les toca medir la tierra con sus
pasos. No pasa nada. Saldrán adelante. No son ellos los que me preocupan. La
cuestión son los que se quedan. ¿Qué futuro puede esperarle a un país que
desperdicia su mejor baza? Sus investigadores, sus técnicos informáticos, sus
ingenieros de caminos, sus poetas, sus médicos, sus biólogos, sus directores de
cine... De ser el país que más extranjeros recibíamos después de EE UU, pasamos
a ser un país de emigrantes. Más de medio millón este año, según datos del
Instituto Nacional de Estadística. Esto se va al garete, me digo. La España de siempre, los
políticos de ayer y de mañana, sus puñeteros objetivos de déficit, Goldman
Sachs, los empresarios sin escrúpulos y la madre que los parió a todos. Y de
pronto los datos del INE se me atragantan como una blasfemia. Qué demonios
estamos haciendo, maldita sea, para que tengan que largarse los mejores.
Los veo
alejarse por la terminal del aeropuerto rumbo a Edimburgo, Copenhague, Berlín,
Boston... con su mochila y sus andares inseguros de potros jóvenes. El
pasaporte en la mano, el aire tímido y la sonrisa grapada al currículo. Sin
mirar atrás, como hacen los valientes. Una nueva bandada de aves migratorias.
Su instinto, inscrito en la memoria genética, les obliga a intentarlo, a hacer
cuanto puedan por alcanzar el horizonte: aire tibio, luz, algún lugar que les
dé chance.
Buena
suerte, chavales.
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