lunes, 16 de abril de 2012

Cuento fantástico Pasatiempo diminuto

Pasatiempo diminuto.

Mabel Peña

Que ganas de comérme la chuchería! de color rojo, brillante encendido, olía a fresa y estaba muy jugosa. Decidí comérmela rápidamente, sin que nadie me viera.
De repente la profesora me dijo con una voz ofensiva y chillona:
-Paola, dime de qué va el examen del próximo día?
Del susto la bola se me atrancó en la garganta. ¡Qué desesperación¡
La profesora me dió un puñetazo en la espalda para sacármela y en el último intento logró que la bola saliera escupida hasta debajo de su escritorio.
Cuando terminó la clase, me acerqué lentamente a por la bola para tirarla a la basura. Sucedió que la bola se había vuelto extrañamente transparente y dentro de ella algo se movía: una figura pequeña de cabello negro, vestida de forma desarreglada y mal presentada.
Os preguntareis, ¡Cómo es posible! Era inexplicable.
Enseguida destapé la bola y descubrí un ser minúsculo, que además me hablaba. Se parecía a Esther, mi rival de clase.
-¡Que alegría me da verte! - me dijo irónicamente.
-¡Sabes tú no tienes por qué estar aquí y menos de esta ridícula forma! Díme ahora mismo que te ha traído aquí?
-Déjame advertirte de que a partir de ahora voy hacerte la vida imposible, voy a conseguir que te expulsen de clase y que suspendas este curso– me dijo con seguridad.
Le respondí con ironía:
-Estás perdiendo tu tiempo, porque ahora vas a ser tu quien haga lo que yo te diga. ¡No te das cuenta de lo enana que eres! - le grité imponiéndome y me reí con malicia.

Esther, la bichito, se escondió entre mis libros.
Pasaron los días, yo pretendía  que sus días fueran un infierno, pero en realidad, no lo conseguía.
 Una mañana me encontraba con una de mis amigas, hablando del chico que me gustaba. Esther se encontraba escondida al lado de una de mis piernas, cotilleando todo lo que hablaba. Yo guardaba el secreto de su presencia  delante de los demás, que por otra parte parecía que no la veían nunca.

En ese preciso momento pasó el tío bueno que tanto me gustaba y que me daba tanta vergüenza, entonces Esther salió corriendo hacia él, le saltó a la oreja y me pareció que le contaba todo lo mío porque de pronto puso cara de flipado y me miró con desprecio.
 ¡Qué horror! Al instante comprendí con humillación que él no sentía lo mismo que yo. Al regresar la pequeña traté de cogerla para vengarme, pero se escondió entre unos arbustos.
Al final la pude agarrar y la sacudí con furia, diciéndole:

 -Ahora que te has portado de manera egoísta y malévola, te voy a enseñar a guardar un secreto, porque tú no sabes qué significa eso! Estaba súperenfadada.
Esther puso cara de indiferencia y se metió en mi bolsillo.
Pasaron semanas. Estaba hablando con la profesora sobre mis calificaciones, cuando Esther empezó a susurrarme al oído que iba a revelarle a la profesora que yo había hecho trampa en el trabajo de su asignatura.
Estaba ya cansada de sus  travesuras así que ahora que estaba distraída en mi oreja, la capturé entre mis dedos. Me entraron ganas de comérmela, la probé con la punta de la lengua. Sabía dulce. Quizá por eso le arranqué  una mano de un mordisquito, después empecé a chuparle los piececitos y por último mastiqué su cabecita ¡estaba dulcecita¡ hasta que no quedó ni rastro.
 Entonces me fuí de nuevo a comprarme dulces al kiosko y pensé:
-Quizás esta vez aparezca el chico que me gusta en tamaño minúsculo y podré hacer con él lo que quiera.

miércoles, 4 de abril de 2012

cuento fantástico El niño de Galicia


El niño de Galicia

Lidia Cores
Estaba nervioso, porque venía mi prima a la leira y por eso pregunté mas de mil veces cuando llegaría
-Mamá, ¿no viene Alicia?
-Hijo pronto vendrá, un poquito de paciencia.
-Pero, ¿por qué tarda tanto?- A la vez que respondía vi que mi prima entraba por la puerta.
-Hola enano - Me dijo muy contenta.
-Hola - Le conteste tímidamente, me quedé parado, era tal y como la recordaba, tenía un pelo largo y negro, con unos ojos de color marrón como el chocolate, caminaba de forma distinta a las demás chicas enérgica y segura. Se acercó a mi mama y la abrazó. Después me besó a mi y cogiéndome de la mano me propuso:
-Enano, ¿quieres que nos vayamos al parque?
-Sí, ¿nos llevamos los petardos? - pregunté con picardía porque hace tiempo, me había traido chinitos y me habían gustado.
-Vale, pero ya sabes que solo dos cajas de chinos para empezar. –Me contestó.
-¿Chinos otra vez? ¡Y además quiero darles a mis amigos del parque!.
-ValeDani, pero sólo dos cajas. –Insistió ella
-¡Quiero llevarme más! ¡Quiero llevarme más! –grite enfadado.
-¡No Dani! ¡se acabó! ¡no hay más que discutir! ¡ahora no tendrás ninguno! Me voy a buscar moras.
Cuando se hizo de noche y mi prima no había vuelto, mi mami y yo nos asustamos me sentía culpable de haberla enfadado, así que fuimos a buscarla.
A las dos horas la encontramos, con muchísimo esfuerzo conseguimos sacarla de una zarza donde se había quedado atrapada, tenía el cuerpo magullado y lleno de arañazos. ¡Mi pobre prima!
-¡No sé que ha pasado! estaba recogiendo moras y de repente me vi atrapada. -contó Alicia aun muy confusa.
Nos fuimos a la leira, mi mamá hizo que se desinfectara las heridas, que eran muchas.
Esa noche estaba muy tranquilo por haber encontrado a mi querida prima y me puse a jugar contento, con una excavadora amarilla de dos palas. De pronto apareció en la puerta mi otra prima, María, la gallega, ellas dos no se veían desde hacia dos años. Alicia se lanzó a abrazarla, gritaban de alegría. 

-¿Salimos de fiesta esta noche? -dijeron a la vez.

Agarradas del brazo se marcharon y ¡me ignoraron por completo! Mi prima se ha había largado y me había dejado solo y pensé:

 -¡quiero ir con ella! ¡es una bruja! ¡ya no la quiero! - 

De pronto se escuchó el ruido de la llave, entraban por la puerta. Volvían a casa porque había empezado a llover con mucha intensidad. Entonces me di cuenta que cada vez que yo lloraba a Alicia le pasaba algo malo y si me ponía alegre, le sonreía la fortuna.
Llegó el último día y yo no quería que se fuera. 

-Dani me tengo que ir a Valencia, pero nos volveremos a ver el año que viene –me soltó complaciente.
-No, no quiero que te vayas quédate, quédate, quédate- sabía que aquella escena podría acabar muy mal, pero no podía detenerme.
-Dani, no puedo, tengo que volver. – me dijo intentando tranquilizarme sin conseguirlo.
- No te vayas, te odio, te odio- gritaba descompuesto.

De repente noté como el suelo se movía, oí a mi mamá y a Alicia que me decían:

-Dani ven aquí ya, hay que protegerse. Es un terremoto –

Sabía que tenía que calmarme pero me era imposible, porque cada vez me agitaba más. Me sacaron de la casa unos segundos antes de que se desplomase. ¡Nos salvamos de milagro! Cuando por fin  me tranquilicé el suelo dejó de vibrar. Las dos me miraron y comprendieron entonces  el poder que yo tenía. Alicia se fue sin mirarme siquiera y nunca más volvió. Aunque ya no me enfado com antes.

Cuento fantástico Música por amor

Música por amor 

 Gloria Soliva

Un martes por la tarde, iba yo a clase de clarinete. Entré muy disgustada porque no me salía bien la lección que me había mandado la semana pasada mi viejo profesor Enrique, un carcamal adorable mortalmente aburrido. En cuanto se giró vi que no era él y el nuevo rostro me enamoró al instante.
Se me acercó con curiosidad, casi demasiado.
-         Buenas tardes – me saludó con amabilidad – tu eres Cecilia ¿verdad?-Asentí tímidamente.
-         Soy Víctor, tu nuevo profesor de clarinete – y continuó hablando - ¿Qué lección estabas dando con Enrique?
Con la voz entrecortada le contesté vergonzosamente:
-         Nos quedamos por el dúo 16 del libro Klosé.
-         Vale, pues monta y empezamos con una escala cromática.
Mientras montaba el clarinete, él tocaba lecciones del libro y yo me giraba y le miraba fijamente.
Era un chico joven de una belleza excepcional, algo mayor que yo. Era alto y delgado, una delgadez musculosa, se notaba que hacía ejercicio. Tenía el pelo corto y un poco engominado, de color castaño claro como el chocolate con leche. Sus ojos grandes y redondos era lo que mas me enamoraba de él, tal vez por su expresión. Eran de color miel, preciosos, y miraban directamente a los míos, incluso a veces parecía que intentaban atravesar más allá de mis pupilas.
Me senté a su lado y toqué la dichosa escala cromática, después me puse a tocar la espantosa lección. Entre los nervios de tener a un chico tan guapo al lado y que casi no había estudiado, me salió bastante mal.
Él, de pronto, me cogió de la mano y me miró tan intensamente que me tranquilizó sin decir palabra. ¿Significaba algo? ¿Me querrá?
Volví a intentarlo hasta que conseguí tocarlo, ¡perfecto!
Fueron pasando las semanas y él cada vez me mandaba una lección y partituras tanrománticas. Gracias a él conseguía tocarlas de manera profesional. ¡Era fascinante! ¡Ni yo podía creerlo!
Un día mientras montaba el clarinete me propuso una idea:
-         Cecilia,  soy director de orquesta y me falta un clarinete que pueda tocar un solo. He pensado que tu ya estas capacitada para hacerlo ¿te lo piensas? ¿te gustaría?
-         Claro – contesté de inmediato – pero no se si estoy preparada – añadí, insegura y coqueta al mismo tiempo.
-         Yo te prepararé y cuando llegue el día del concierto lo tocarás estupendamente y puede que un día triunfes en la música.

¡Qué afortunada me sentía! ¡Qué enamorada, también!
Me entregó las partituras del concierto en La Mayor para clarinete y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart. Mozart ¡Qh, grandioso Mozart! Tan mágico y auténtico. Amor en estado puro.
Me estuve preparando durante semanas. En aquella época hasta estudié siete pentagramas diarios en mi casa y cuando los interpretaba delante de él aunque me corregía casi por todo, yo lo soportaba por la pasión que sentía. ¡Cómo sufría! ¡Cómo gozaba!
A veces, me desesperaba e intentaba tirar la toalla pero él me cogía de la mano y me miraba tan tiernamente a los ojos que me hacía continuar tocando. ¡Y cómo interpretaba! ¡Me parecía mentira! ¿Pero era yo? ¡Qué fuerza tiene el deseo!

Cada día llegaba a casa y lo primero que hacía era buscar ansiosa el clarinete. Llegó a gustarme tanto que lo cogía siempre, al llegar del instituto, después de comer, toda la tarde, paraba para descansar apenas solo una hora y para hacer las insípidas tareas de clase, y luego otra vez hasta que caía rendida por el sueño. Tenía tantas ganas de que pasara la semana y que llegara el martes para volver con Víctor y demostrarle mi amor por la música y ¿por él? ¡Qué a gusto estaba con el! ¡Los dedos me iban solos! No necesitaba que me dijera nada, adivinaba sus indicaciones.
Por fin llegó el día, el día que tanto esperaba. Era el día del concierto y no estaba nerviosa. ¡Qué raro! Me sentía segura. Me sabía la partitura desde el primer compás hasta la última nota. ¡Todo gracias a Víctor! Mientras estuviese conmigo allí no había nada que temer.
Subí al escenario, me senté en mi sitio y dio la entrada a los violines. ¡Qué guapo estaba! Llevaba un traje de chaqueta negro, y bajo una camisa blanca. No podía verle de frente, ya que estaba dirigiendo a los violines que estaban justo enfrente de mí y él me daba la espalda. Solo veía su pelo castaño, que ese día no llevaba gomina. Era mi turno. Iba a salirme perfecto. Entonces se giró y me dió la entrada pero ¿dónde estaba Víctor? Dudé un instante, anonadada. De inmediato me puse a tocar.
El solo me salió perfecto, más que prefecto, impresionante. Aunque no estaba Víctor, toqué para él, para atraerle con mi música. Durante los aplausos, lo busqué entre el público que me aclamaba. Lo intenté encontrar por todas partes.
Desesperada le pregunté por él a Enrique:
-         ¿Y Víctor? ¿Cómo es que no está?
Me miró asombrado con cara de no comprender lo que le decía, y no me contestó nada. ¿Había existido alguna vez Víctor? ¿Era cosa de mi imaginación? ¿Qué estaba pasando?
Me fui corriendo a mi casa y me puse a llorar en mi cuarto. No sabía que ocurría. Estuve días encerrada sin querer saber nada de la música. Hasta que una noche, desesperada, volví a coger el clarinete y comencé a tocar de nuevo aquel concierto.
Fue la interpretación más desgarradora de mi vida, la más auténtica, la más triste y la más feliz. Allí completamente sola sin nadie a mi alrededor. Con él.

Cuento fantástico Espuma blanca y rumor de caracola

Espuma blanca y rumor de caracola

José Roca Muñoz

Estaba sentado a las siete de la tarde en el bar, en el mismo bar en el que hace un mes había conocido a Mar. Ahora recordaba lo único que quería de ella ¡sólo fue una más de mi larga lista de conquistas! Acababa de cortar con ella, y me sentía bien. No creo que compartiéramos el mismo sentimiento en ese instante. Se le veía ilusionada con la relación. Quizás fui yo quien había provocado esa ilusión, aunque sabía que no llegaríamos a nada, en todo caso ¡No era culpa mía!

Terminé de beberme el último sorbo del chupito de crema de orujo y me levanté de la barra para ir a casa. Después de la dura jornada de trabajo en la oficina me apetecía descansar dentro de buen baño de espuma. Por eso me desvié del habitual camino de vuelta a casa y pasé por la “Body Shop” de la Calle Colón.

Al entrar, la dependienta de la tienda me saludó amablemente:
-Buenas tardes.
Yo también respondí con educación:
-Hola, buenas tardes.
Entonces me di cuenta de que conocía a esa mujer.
-¡Cristina! ¡No te había reconocido! ¡Estás deslumbrante!- le dije.
- Gracias, Sebastián…- me contestó
- ¿Cómo estás?
-Deslumbrante, tú lo has dicho…-añadió en un tono borde y continuó:
-¿Y tú?¿cómo estás? ¿siempre tan ocupado?- Noté su tono, pero no me molesté.
- ¡Fenomenal! Un poco atosigado por el trabajo. Por eso vengo, a por algunos jabones o algo por estilo para darme un baño en condiciones.
-Sí, tú te agobias muy rápido-contestó con una sonrisa resentida en el rostro.

Deseaba que la conversación acabara cuanto antes, porque se había vuelto un poco incómoda y es que le había amado hace tiempo y me había cansado de ella, en apenas unas semanas. ¡Demasiado atenta para mí! Estaba encima de mí porque sabía como triunfaba con las mujeres.
-Bueno ¡tengo prisa! Enséñame algo que pueda llevarme- añadí cambiando de tema.
-Si… Nos han traído productos nuevos, muy interesantes. Tenemos concentrado de Leche de Almendra, manteca de Karité con Pasta Delicia Almendra, Sales exfoliantes Verbena, gel de ducha a la canela revigorizante para cabello y piel, baño espumoso de lavanda y Jalea exfoliante.
-¡Perfecto, me lo llevo todo!
-¿Todo?
-Sí, todo.
-De acuerdo, pues serán… 279,90€.
-Aquí tienes-  Me despedí y retomé el camino hacia mi casa.
Al llegar abrí la verja del jardín, pasé junto al Mercedes azul que me había comprado hace apenas unos días y llegué hasta la puerta. Después de entrar apagué la alarma. A continuación encendí el agua para que fuera calentando el baño y en un par de minutos me metí en la bañera. Apliqué varios productos de los que había comprado ¡me sentía muy a gusto con esos olores maravillosos! ¿lavanda, canela, mandarina, almendras?¡qué sensación de relajación!
Me puse a canturrear la canción que llevaba metida en la cabeza todo el día:
-“Como una ola, tu amor llegó a mi vida,
Como una ola de fuego y de caricias,
De espuma blanca y rumor de caracolas...

Tan bien me sentía que me adormilé un poco, cuando, de pronto, el agua me salpicó la cara. Abrí los ojos y no me lo podía creer ¿una mujer? ¿en mi bañera? ¿no entré yo solo? Entonces me fijé en sus ojos, negros azabache, en sus tentadores labios, su bello rostro, el largo cabello negro recogido con una peineta de caracola y... ¿una cola? Sí, una cola, una cola de sirena. ¡Era una sirena!
Cuando me calmé después de tal sorpresa le hablé:
-¿Cómo puede ser?
-Necesitaba compañía- me contestó la sirena.
-No te conozco, ¡pero eres preciosa! ¡me alegro de que me hayas encontrado!
-He notado tu presencia y me has atraído, por eso he venido a por ti-dijo mientras me rodeaba con sus brazos y colocaba sus manos en torno a mi cuello.

Inmediatamente ¡sentí ganas de besarla! Y lo hice, mejor dicho lo intenté porque en ese momento empujó mi cuerpo hacia abajo y nos sumergimos. De repente me encontré bajo el mar, con ella, abrazados, nadando en un increíble coral, lleno de vivos colores, y de peces de todo tipo.
-Quédate aquí conmigo- me susurró la sirena.
-¡No puedo!
-¡vamos! ¡quédate! ¡ seremos felices juntos! ¡para siempre! ¡para siempre!-insistía abrazándome.
-¡No, no, no puedo!- repetía yo, intentando librarme de ella.

La sirena me gustaba, ¡me gustaba mucho! Pero también me agobiaba estar siempre atento y enamorado. De pronto sentí que me ahogaba, y ella insistía:
-¡quédate conmigo! ¡quédate conmigo!
-¡Te he dicho que no!-grité y tragué agua.
-¡te quiero y eres mío! -¡te quiero y eres mío!-le oía decir una y otra vez.
-¡No, No, No! ¡déjame volver!-chillé, apunto de ahogarme.

Entonces me desperté jadeando y miré a mi alrededor.
La bañera se había desbordado. La espuma cubría el suelo del cuarto de baño. Estaba solo. Miré el reloj. ¡Tan sólo habían pasado unos minutos!¡Uf!... ¡Todo había sido un sueño!
Cuando vacié la bañera, encontré una peineta de caracola.

martes, 3 de abril de 2012

Cuento fantásrtico Viaje a Roma



VIAJE A ROMA

AlejandroLópez

Izaskun y Fabián estaban acurrucados en mi portal. Era un día de mucho viento y cuando los reconocí, abrí la puerta y les invité a pasar  dentro. En ese instante Fabián, me reconoció a su vez. Era su antiguo amigo Rómulo.

Una vez nos saludamos, les invité a subir a mi piso. Fabián tras unos momentos dubitativos, decidió aceptar. Al llegar al ascensor tecleé una clave y las luces parpadearon.
Por un instante, nos quedamos en una completa oscuridad cuando de repente la puerta se abrió.
Apareció un pasadizo de piedra muy antiguo por el que transitaban unos hombres sin apenas ropa con corazas del siglo I de la antigua Roma. Fabián e Izaskun se quedaron atónitos de encontrarse en un anfiteatro romano. En efecto, les indiqué que se colocaran en un palco junto a los patricios romanos que, de un momento a otro,  disfrutarían  viendo a los gladiadores luchando entre sí. Gladiadores, que lucharían con todas sus fuerzas por volver a ver un día más la puesta del sol.

La multitud chillaba eufórica, como si de un partido de fútbol se tratara. De repente,  el César Augusto se alzó y todos callaron,  como si temieran por sus vidas.

- ¡Ciudadanos de Roma!- gritó

- ¡Ahh! ¡Ohh! – aulló el gentío expectante.

- ¡Rómulo! el espartano de Grecia, el mejor del ``Ludus´´ de Júpiter, ¡Crikso! de Troya, ¡Alessandro! de Roma, ¡A la arena!- ordenó.

El público aplaudió a los gladiadores y yo salí con ganas aupado por los gritos del pueblo romano. Izaskun y Fabián me miraban.
¡No lo podían creer!  Yo, su amigo Rómulo, estaba en la arena de un circo romano apunto de pelear allí como uno más.

Entonces el César dispuso:

- ¡Que saquen las bestias!

Entonces vi cuatro ojos observando desde el cubil norte; dos cabezas peludas salieron del interior de aquella abominable jaula. Eran una pareja de tigres, parecían hambrientos pero pensé:

-Saborearán el filo de mi espada.

Mientras los otros gladiadores luchaban entre sí, las dos bestias se me abalanzaron, hice un movimiento y le hinqué la espada al primero en el estómago, de tal forma que lo destripé en el acto.  Un río de sangre empapó la arena.
El otro tigre reculó, esperaba el momento de desgarrarme de un zarpazo.
Los dos nos decidimos a emprender el ataque. Con un movimiento preciso y al milímetro, no le di opción, le rebané la cabeza.
El anfiteatro rujió, y ello me empujó a batirme con otros dos gladiadores que al parecer estaban en tablas.

Me acerqué a Alessandro y le dije algo , los dos fuimos a por Crikso, le herí en una pierna y cayó al suelo. Cuando trataba de defenderse, Alessandro le tiró una lanza que le atravesó el pecho de parte a parte.

Ahora sólo quedábamos el otro y yo, le permití coger la lanza y comenzó la pelea. Comencé el ataque por sorpresa y con tanta fuerza que al intentar defenderse se le partió la lanza.  Mi espada, en cambio, apenas se desvió, siguió su trayectoria y quedó clavada en su cráneo.
¡Yo, Rómulo, el todo poderoso gladiador, salí victorioso!

En seguida, miré hacia mis amigos y les hice una señal para que bajaran.

-       ¡hay sangre y sesos por todos lados!-me dijeron, en tono de reproche.

Los llevé de vuelta ante la puerta por donde habíamos aparecido y la cruzamos.
De nuevo, estaba oscuro y al instante se hizo la luz.
Estábamos en el ascensor, tal como había previsto. Cuando se detuvo estábamos en el portal
ellos callados y desencajados se fueron sin despedirse apenas.
Yo en cambio estaba eufórico. Fui a ducharme y a quitarme la sangre y la arena que cubrían  mi torso y mi cuerpo entero.


Cuento fantástico El ascensor

 
El ascensor
MARÍA ALEJANDRA LORA LEDESMA

No eran más de las nueve y media de la noche y me encontraba en la calle despidiéndome de mi mejor amiga para irme a casa; le di dos besos en la mejilla y me dispuse a entrar en mi portal.
Apreté el botón para pedir el ascensor  y al entrar en él, presioné la tecla cuatro. Mientras subía, me miré en el espejo, llevaba una trenza de medio lado, con una cinta roja en la punta. Me había puesto mi camiseta favorita de diseño Jennifer  con la bandera de USA estampada en el centro.
-¡Qué guapa estás! ¡ojalá te encontraras ahora con tu vecino del séptimo! - me dije con picardía.
De repente, el ascensor se quedó parado y las luces se encendieron y se apagaron. Un escalofrío invadió todo mi cuerpo dejándome sin respiración, quería salir, grité, pero nadie me escuchaba ni siquiera  el chico guapo del séptimo. Sentí como un sudor frío bajaba por mi cuello, fue entonces cuando oí una voz profunda y varonil que me decía: 
-¡Al fin, mi hermosa dama! - me quedé estupefacta pero le respondí sin dudarlo dos veces:
 -¿Quién me habla?.
-¿Todos los hombres gozan como yo al oírte?-  dijo con un timbre magnífico. Era como escuchar a aquel locutor de radio que ponía canciones románticas en los ochenta y que tenía a sus pies a todas las chicas.
Sin embargo no conseguía ver a nadie. El espejo fue iluminándose poco a poco, lo que me permitió, ver más allá. Contemplé unas manos de hombre, fuertes, de piel dorada y perfecta. Entonces el rubor se apoderó de mis mejillas. Sentía vergüenza, pero,-¿por qué? - me pregunté. Su presencia no me disgustaba era como si la hubiese esperado toda la vida. Interrumpiendo mis pensamientos la voz enérgica añadió, al tiempo que sacaba una de sus manos a través del espejo y me acariciaba la cara:
-¡Querida mía!, ven conmigo. Cada mañana, cada tarde, cada noche, te observo en el ascensor y nada mas me complace tanto como tu adorable sonrisa-
Sorprendida y alterada,-¿Por qué no decirlo?, dí un mínimo paso hacia atrás tratando de darme tiempo, pero de pronto y sin pensarlo me cogí de su mano con desesperación como si jamás en la vida fuese a tener otra oportunidad de tocarle. No pasaron más que unos segundos cuando sentí  sus brazos rodeándome la cintura fuertemente, ¡no podía moverme!
 De pronto me dí cuenta de que estaba dentro del espejo y no podía salir.
El ascensor quedó vacío.
Un rato después alguien llamó al ascensor. Me asomé para ver quien había al otro lado ¡era el tío bueno del séptimo!  que se miraba al espejo pasándose los dedos por su sedoso pelo. Saqué mis manos y le hablé dulcemente. Como parecía que le gustaba, le rodeé el cuello con energía.
 De nuevo, el ascensor quedó vacío.



Cuento fantástico Curva 17

 
Curva 17
Jose Daniel Olivares

Era un día soleado de junio en el Valencia Street Circuit, en el que la euforia y la alegría de la gente llenaba el ambiente, un día de los que te hacen sentirte feliz. Juan estaba con su panda de amigos de siempre y la carrera de fórmula uno iba a comenzar.
De repente le vino a la memoria cuando hace tan sólo unos años rondaban él y sus amigos por los alrededores del circuito aún por construir: la antigua industrialización, las viejas vías del tren, el bidón gigante oxidado que tenía unas viejas escaleras endebles y chirriantes desde las que, una vez arriba, se veía toda la zona y sobretodo el cementerio.
Estaba metido en estas ensoñaciones, cuando un ruido estridente le devolvió a la realidad. Momentáneamente desconcertado, preguntó:
-  ¿Qué ha pasado? Estaba en la parra – añadió disculpándose.
- A Jordi Quer, el piloto valenciano, le ha derrapado la rueda y ha tenido un accidente grave, le están sacando en camilla - afirmó seguro su amigo Rafa.
- Siempre igual…accidentes y más accidentes en esa maldita curva – protestó con rabia y  de nuevo retrocedió al pasado.

Le vino a la memoria entonces  la broma que le habían gastado sus amigos dejándole toda la noche en el cementerio, tapando el hueco por donde entraban habitualmente con una piedra enorme.

 Juan, que  era una persona observadora y muy pendiente de los detalles, recordó el momento cuando ya estaba dentro y se fijó con horror en la necrópolis donde por obligación y por la gracia de sus amigos tenía que pasar la noche. Una niebla espesa cubría el camposanto y entonces echó a correr impulsado por el miedo, se iba tropezando con todo, cayó. De pronto, se topó con una lápida.
Apenas se veía un ápice de luz humana pero el resplandor de la luna le permitió fijarse aunque con dificultad en una inscripción escrita sobre la piedra :

« Angustias Alemany Alemany (1962-1980)
Aquí yace con tan sólo 18 años,
su juventud le fue arrebatada
 por un asesino al volante
que nos la quitó para siempre»

Siguió corriendo por todos lados buscando con ansiedad una salida hasta que sofocado e intranquilo, llegó a una zona antigua donde lápidas y tumbas estaban viejas y agrietadas.
Esta vez sí, sintiéndose atrapado en ese lúgubre sitio del que no sabía escapar, Juan, sudoroso y ya exhausto, se sentó y entonces en mitad del silencio de la noche comenzó a oir los cantos siniestros de unos pájaros.
Se asustó tanto que comenzó a coger piedras y a lanzárselas a esas aves aciagas que no veía en absoluto.
Entonces gritó con todas sus fuerzas para intentar acallarlas:

 -Fuera de aquí pajarracos! 

Ya metido por completo en la paranoia, le pareció escuchar voces y lamentos pero además creyó ver perdidas en la oscuridad del cementerio unas siluetas. Sin diferenciarlas del todo adivinó que eran humanas cuando de repente se percató de una voz extremadamente nítida que decía: 

-“Maldita sea! Además de molestarnos habitualmente nos molestas ahora también? Somos muy sensibles a los ruidos, ínfimo mortal. Vuestras maleducadas risas de gamberros ya nos despiertan de nuestra paz cuando tramais maldades por aquí. Haced un intento y dejad de molestarnos si no queréis que nuestra ira caiga sobre vosotros. Sólo os haremos una advertencia. A la próxima…”. 

Juan nunca confesó a nadie lo que le sucedió aquella fría noche a la intemperie, pero sí intentó poco a poco convencer a sus amigos de cambiar de sitio.
Finalmente, acabaron por no acercarse al cementerio, lo miraban desde la distancia, en parte, por la sensación de aprensión y temor que la actitud de Juan a partir de aquella broma les trasmitía y en parte también, por las incipientes obras del circuito.
Cuando el aplauso del público, ovacionando a Jordi Quer, que había levantado la mano para indicar que estaba consciente, y al cuerpo médico que lo acompañaba al hospital, lo trajo de nuevo a la realidad, Juan lo relacionó todo:

-¡Esa curva está maldita! – gritó con todas sus fuerzas.

Juan cegado por la ira saltó al circuito. Sabía que Hermann Tilke estaba en el palco con las autoridades locales rendidas a sus pies. Se saltó toda la seguridad que los protegía. El ataque les pilló tan de sorpresa que  no pudieron detenerlo. Juan cogió de la pechera al diseñador del circuito  y le soltó casi echando el alma por la boca: 

-El cementerio es el causante de todo! Ahí, debajo de esa curva.… la obra invadió parte del cementerio. ¡Hay restos de difuntos que no soportan el estruendo de los coches! ¡Y van a empezar a matar!

Los medios de seguridad lo redujeron y se lo llevaron. Algunos políticos sonrieron desdeñosos mientras corrían a hacerse la foto con los pilotos.
Los
misteriosos accidentes  siguieron año tras año,  los aficionados ya lo llamaban “el circuito de los muertos”, hasta que un día, tras un nuevo suceso mortal, una multitud embravecida saltó al circuito, saltándose los límites de seguridad y en unos segundos, un gentío furibundo invadió el circuito e inició una batalla campal contra la policía.
Hubo más de cincuenta heridos. Al año siguiente, todos los pilotos se negaron a acudir a Valencia a correr el GP F1 de Europa y se suspendieron las carreras, indefinidamente.
 
A los pocos meses, un día, que Juan estaba en casa, casualmente viendo el gran premio de Shangai, recibió una discreta llamada:

-¿Dígame?- contestó Juan.
- Ahora sabemos que tienes razón- Juan reconoció la voz al instante- necesitamos que nos cuentes lo que sabes. 
-Pero, serán capaces de aceptar lo que voy a decirles – insistió Juan con un resto de desconfianza.
- En este momento no nos queda otro remedio. Te esperamos en la curva 17. Estoy, … estamos preparados para saberlo todo.