martes, 3 de abril de 2012

Cuento fantástico El ascensor

 
El ascensor
MARÍA ALEJANDRA LORA LEDESMA

No eran más de las nueve y media de la noche y me encontraba en la calle despidiéndome de mi mejor amiga para irme a casa; le di dos besos en la mejilla y me dispuse a entrar en mi portal.
Apreté el botón para pedir el ascensor  y al entrar en él, presioné la tecla cuatro. Mientras subía, me miré en el espejo, llevaba una trenza de medio lado, con una cinta roja en la punta. Me había puesto mi camiseta favorita de diseño Jennifer  con la bandera de USA estampada en el centro.
-¡Qué guapa estás! ¡ojalá te encontraras ahora con tu vecino del séptimo! - me dije con picardía.
De repente, el ascensor se quedó parado y las luces se encendieron y se apagaron. Un escalofrío invadió todo mi cuerpo dejándome sin respiración, quería salir, grité, pero nadie me escuchaba ni siquiera  el chico guapo del séptimo. Sentí como un sudor frío bajaba por mi cuello, fue entonces cuando oí una voz profunda y varonil que me decía: 
-¡Al fin, mi hermosa dama! - me quedé estupefacta pero le respondí sin dudarlo dos veces:
 -¿Quién me habla?.
-¿Todos los hombres gozan como yo al oírte?-  dijo con un timbre magnífico. Era como escuchar a aquel locutor de radio que ponía canciones románticas en los ochenta y que tenía a sus pies a todas las chicas.
Sin embargo no conseguía ver a nadie. El espejo fue iluminándose poco a poco, lo que me permitió, ver más allá. Contemplé unas manos de hombre, fuertes, de piel dorada y perfecta. Entonces el rubor se apoderó de mis mejillas. Sentía vergüenza, pero,-¿por qué? - me pregunté. Su presencia no me disgustaba era como si la hubiese esperado toda la vida. Interrumpiendo mis pensamientos la voz enérgica añadió, al tiempo que sacaba una de sus manos a través del espejo y me acariciaba la cara:
-¡Querida mía!, ven conmigo. Cada mañana, cada tarde, cada noche, te observo en el ascensor y nada mas me complace tanto como tu adorable sonrisa-
Sorprendida y alterada,-¿Por qué no decirlo?, dí un mínimo paso hacia atrás tratando de darme tiempo, pero de pronto y sin pensarlo me cogí de su mano con desesperación como si jamás en la vida fuese a tener otra oportunidad de tocarle. No pasaron más que unos segundos cuando sentí  sus brazos rodeándome la cintura fuertemente, ¡no podía moverme!
 De pronto me dí cuenta de que estaba dentro del espejo y no podía salir.
El ascensor quedó vacío.
Un rato después alguien llamó al ascensor. Me asomé para ver quien había al otro lado ¡era el tío bueno del séptimo!  que se miraba al espejo pasándose los dedos por su sedoso pelo. Saqué mis manos y le hablé dulcemente. Como parecía que le gustaba, le rodeé el cuello con energía.
 De nuevo, el ascensor quedó vacío.



No hay comentarios:

Publicar un comentario