El ascensor
MARÍA ALEJANDRA LORA LEDESMA
No eran más de las nueve y media de la noche y me encontraba
en la calle despidiéndome de mi mejor amiga para irme a casa; le di dos besos
en la mejilla y me dispuse a entrar en mi portal.
Apreté el botón para pedir el ascensor y al entrar en él, presioné la tecla
cuatro. Mientras subía, me miré en el espejo, llevaba una trenza de medio lado,
con una cinta roja en la punta. Me había puesto mi camiseta favorita de diseño
Jennifer con la bandera de USA
estampada en el centro.
-¡Qué guapa estás! ¡ojalá te encontraras ahora con tu vecino
del séptimo! - me dije con picardía.
De repente, el ascensor se quedó parado y las luces se
encendieron y se apagaron. Un escalofrío invadió todo mi cuerpo dejándome sin
respiración, quería salir, grité, pero nadie me escuchaba ni siquiera el chico guapo del séptimo. Sentí como
un sudor frío bajaba por mi cuello, fue entonces cuando oí una voz profunda y
varonil que me decía:
-¡Al fin, mi hermosa dama! - me quedé estupefacta pero le
respondí sin dudarlo dos veces:
-¿Quién me
habla?.
-¿Todos los hombres gozan como yo al oírte?- dijo con un timbre magnífico. Era como
escuchar a aquel locutor de radio que ponía canciones románticas en los ochenta
y que tenía a sus pies a todas las chicas.
Sin embargo no conseguía ver a nadie. El espejo fue
iluminándose poco a poco, lo que me permitió, ver más allá. Contemplé unas
manos de hombre, fuertes, de piel dorada y perfecta. Entonces el rubor se
apoderó de mis mejillas. Sentía vergüenza, pero,-¿por qué? - me pregunté. Su
presencia no me disgustaba era como si la hubiese esperado toda la vida.
Interrumpiendo mis pensamientos la voz enérgica añadió, al tiempo que sacaba
una de sus manos a través del espejo y me acariciaba la cara:
-¡Querida mía!, ven conmigo. Cada mañana, cada tarde, cada
noche, te observo en el ascensor y nada mas me complace tanto como tu adorable
sonrisa-
Sorprendida y alterada,-¿Por qué no decirlo?, dí un mínimo
paso hacia atrás tratando de darme tiempo, pero de pronto y sin pensarlo me
cogí de su mano con desesperación como si jamás en la vida fuese a tener otra
oportunidad de tocarle. No pasaron más que unos segundos cuando sentí sus brazos rodeándome la cintura
fuertemente, ¡no podía moverme!
De pronto me dí
cuenta de que estaba dentro del espejo y no podía salir.
El ascensor quedó vacío.
Un rato después alguien llamó al ascensor. Me asomé para ver
quien había al otro lado ¡era el tío bueno del séptimo! que se miraba al espejo pasándose los
dedos por su sedoso pelo. Saqué mis manos y le hablé dulcemente. Como parecía
que le gustaba, le rodeé el cuello con energía.
De nuevo, el
ascensor quedó vacío.
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