Pasatiempo diminuto.
Mabel Peña
Que ganas de comérme la chuchería! de color rojo, brillante encendido, olía a fresa y estaba muy jugosa. Decidí comérmela rápidamente, sin que nadie me viera.De repente la profesora me dijo con una voz ofensiva y chillona:
-Paola, dime de qué va el examen del próximo día?
Del susto la bola se me atrancó en la garganta. ¡Qué desesperación¡
La profesora me dió un puñetazo en la espalda para sacármela y en el último intento logró que la bola saliera escupida hasta debajo de su escritorio.
Cuando terminó la clase, me acerqué lentamente a por la bola para tirarla a la basura. Sucedió que la bola se había vuelto extrañamente transparente y dentro de ella algo se movía: una figura pequeña de cabello negro, vestida de forma desarreglada y mal presentada.
Os preguntareis, ¡Cómo es posible! Era inexplicable.
Enseguida destapé la bola y descubrí un ser minúsculo, que además me hablaba. Se parecía a Esther, mi rival de clase.
-¡Que alegría me da verte! - me dijo irónicamente.
-¡Sabes tú no tienes por qué estar aquí y menos de esta ridícula forma! Díme ahora mismo que te ha traído aquí?
-Déjame advertirte de que a partir de ahora voy hacerte la vida imposible, voy a conseguir que te expulsen de clase y que suspendas este curso– me dijo con seguridad.
Le respondí con ironía:
-Estás perdiendo tu tiempo, porque ahora vas a ser tu quien haga lo que yo te diga. ¡No te das cuenta de lo enana que eres! - le grité imponiéndome y me reí con malicia.
Esther, la bichito, se escondió entre mis libros.
Pasaron los días, yo pretendía que sus días fueran un infierno, pero en realidad, no lo conseguía.
Una mañana me encontraba con una de mis amigas, hablando del chico que me gustaba. Esther se encontraba escondida al lado de una de mis piernas, cotilleando todo lo que hablaba. Yo guardaba el secreto de su presencia delante de los demás, que por otra parte parecía que no la veían nunca.
En ese preciso momento pasó el tío bueno que tanto me gustaba y que me daba tanta vergüenza, entonces Esther salió corriendo hacia él, le saltó a la oreja y me pareció que le contaba todo lo mío porque de pronto puso cara de flipado y me miró con desprecio.
¡Qué horror! Al instante comprendí con humillación que él no sentía lo mismo que yo. Al regresar la pequeña traté de cogerla para vengarme, pero se escondió entre unos arbustos.
Al final la pude agarrar y la sacudí con furia, diciéndole:
-Ahora que te has portado de manera egoísta y malévola, te voy a enseñar a guardar un secreto, porque tú no sabes qué significa eso! Estaba súperenfadada.
Esther puso cara de indiferencia y se metió en mi bolsillo.
Pasaron semanas. Estaba hablando con la profesora sobre mis calificaciones, cuando Esther empezó a susurrarme al oído que iba a revelarle a la profesora que yo había hecho trampa en el trabajo de su asignatura.
Estaba ya cansada de sus travesuras así que ahora que estaba distraída en mi oreja, la capturé entre mis dedos. Me entraron ganas de comérmela, la probé con la punta de la lengua. Sabía dulce. Quizá por eso le arranqué una mano de un mordisquito, después empecé a chuparle los piececitos y por último mastiqué su cabecita ¡estaba dulcecita¡ hasta que no quedó ni rastro.
Entonces me fuí de nuevo a comprarme dulces al kiosko y pensé:
-Quizás esta vez aparezca el chico que me gusta en tamaño minúsculo y podré hacer con él lo que quiera.
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