Curva 17
Jose Daniel Olivares
Era un día
soleado de junio en el Valencia Street Circuit, en el que la euforia y la
alegría de la gente llenaba el ambiente, un día de los que te hacen sentirte
feliz. Juan estaba con su panda de amigos de siempre y la carrera de fórmula
uno iba a comenzar.
De repente le vino a la memoria cuando hace tan sólo unos años rondaban él y sus amigos por los alrededores del circuito aún por construir: la antigua industrialización, las viejas vías del tren, el bidón gigante oxidado que tenía unas viejas escaleras endebles y chirriantes desde las que, una vez arriba, se veía toda la zona y sobretodo el cementerio.
De repente le vino a la memoria cuando hace tan sólo unos años rondaban él y sus amigos por los alrededores del circuito aún por construir: la antigua industrialización, las viejas vías del tren, el bidón gigante oxidado que tenía unas viejas escaleras endebles y chirriantes desde las que, una vez arriba, se veía toda la zona y sobretodo el cementerio.
Estaba metido en
estas ensoñaciones, cuando un ruido estridente le devolvió a la realidad. Momentáneamente
desconcertado, preguntó:
- ¿Qué ha pasado? Estaba en la parra – añadió disculpándose.
- A Jordi Quer, el piloto valenciano, le ha derrapado la rueda y ha tenido un accidente grave, le están sacando en camilla - afirmó seguro su amigo Rafa.
- Siempre igual…accidentes y más accidentes en esa maldita curva – protestó con rabia y de nuevo retrocedió al pasado.
Le vino a la memoria entonces la broma que le habían gastado sus amigos dejándole toda la noche en el cementerio, tapando el hueco por donde entraban habitualmente con una piedra enorme.
Juan, que era una persona observadora y muy pendiente de los detalles, recordó el momento cuando ya estaba dentro y se fijó con horror en la necrópolis donde por obligación y por la gracia de sus amigos tenía que pasar la noche. Una niebla espesa cubría el camposanto y entonces echó a correr impulsado por el miedo, se iba tropezando con todo, cayó. De pronto, se topó con una lápida.
- ¿Qué ha pasado? Estaba en la parra – añadió disculpándose.
- A Jordi Quer, el piloto valenciano, le ha derrapado la rueda y ha tenido un accidente grave, le están sacando en camilla - afirmó seguro su amigo Rafa.
- Siempre igual…accidentes y más accidentes en esa maldita curva – protestó con rabia y de nuevo retrocedió al pasado.
Le vino a la memoria entonces la broma que le habían gastado sus amigos dejándole toda la noche en el cementerio, tapando el hueco por donde entraban habitualmente con una piedra enorme.
Juan, que era una persona observadora y muy pendiente de los detalles, recordó el momento cuando ya estaba dentro y se fijó con horror en la necrópolis donde por obligación y por la gracia de sus amigos tenía que pasar la noche. Una niebla espesa cubría el camposanto y entonces echó a correr impulsado por el miedo, se iba tropezando con todo, cayó. De pronto, se topó con una lápida.
Apenas se veía un
ápice de luz humana pero el resplandor de la luna le permitió fijarse aunque
con dificultad en una inscripción escrita sobre la piedra :
« Angustias Alemany Alemany (1962-1980)
Aquí yace con tan sólo 18 años,
su juventud le fue arrebatada
por un asesino al volante
que nos la quitó para siempre»
Siguió corriendo por todos lados buscando con ansiedad una salida hasta que sofocado e intranquilo, llegó a una zona antigua donde lápidas y tumbas estaban viejas y agrietadas.
Esta
vez sí, sintiéndose atrapado en ese lúgubre sitio del que no sabía escapar,
Juan, sudoroso y ya exhausto, se sentó y entonces en mitad del silencio de la
noche comenzó a oir los cantos siniestros de unos pájaros.
Se
asustó tanto que comenzó a coger piedras y a lanzárselas a esas aves aciagas
que no veía en absoluto.
Entonces
gritó con todas sus fuerzas para intentar acallarlas:
-Fuera de aquí pajarracos!
Ya
metido por completo en la paranoia, le pareció escuchar voces y lamentos pero
además creyó ver perdidas en la oscuridad del cementerio unas siluetas. Sin
diferenciarlas del todo adivinó que eran humanas cuando de repente se percató
de una voz extremadamente nítida que decía:
-“Maldita
sea! Además de molestarnos habitualmente nos molestas ahora también? Somos muy
sensibles a los ruidos, ínfimo mortal. Vuestras maleducadas risas de gamberros ya
nos despiertan de nuestra paz cuando tramais maldades por aquí. Haced un intento y dejad
de molestarnos si no queréis que nuestra ira caiga sobre vosotros. Sólo os
haremos una advertencia. A la próxima…”.
Juan
nunca confesó a nadie lo que le sucedió aquella fría noche a la intemperie,
pero sí intentó poco a poco convencer a sus amigos de cambiar de sitio.
Finalmente, acabaron por no acercarse al cementerio, lo miraban desde la distancia, en parte, por la sensación de aprensión y temor que la actitud de Juan a partir de aquella broma les trasmitía y en parte también, por las incipientes obras del circuito.
Finalmente, acabaron por no acercarse al cementerio, lo miraban desde la distancia, en parte, por la sensación de aprensión y temor que la actitud de Juan a partir de aquella broma les trasmitía y en parte también, por las incipientes obras del circuito.
Cuando
el aplauso del público, ovacionando a Jordi Quer, que había levantado la mano
para indicar que estaba consciente, y al cuerpo médico que lo acompañaba al
hospital, lo trajo de nuevo a la realidad, Juan lo relacionó todo:
-¡Esa
curva está maldita! – gritó con todas sus fuerzas.
Juan
cegado por la ira saltó al circuito. Sabía que Hermann Tilke estaba en el palco
con las autoridades locales rendidas a sus pies. Se saltó toda la seguridad que
los protegía. El ataque les pilló tan de sorpresa que no pudieron detenerlo. Juan cogió de la pechera al diseñador
del circuito y le soltó casi
echando el alma por la boca:
-El
cementerio es el causante de todo! Ahí, debajo de esa curva.… la obra invadió
parte del cementerio. ¡Hay restos de difuntos que no soportan el estruendo de
los coches! ¡Y van a empezar a matar!
Los
medios de seguridad lo redujeron y se lo llevaron. Algunos políticos sonrieron
desdeñosos mientras corrían a hacerse la foto con los pilotos.
Los misteriosos accidentes siguieron año tras año, los aficionados ya lo llamaban “el circuito de los muertos”, hasta que un día, tras un nuevo suceso mortal, una multitud embravecida saltó al circuito, saltándose los límites de seguridad y en unos segundos, un gentío furibundo invadió el circuito e inició una batalla campal contra la policía.
Los misteriosos accidentes siguieron año tras año, los aficionados ya lo llamaban “el circuito de los muertos”, hasta que un día, tras un nuevo suceso mortal, una multitud embravecida saltó al circuito, saltándose los límites de seguridad y en unos segundos, un gentío furibundo invadió el circuito e inició una batalla campal contra la policía.
Hubo más de cincuenta heridos. Al año
siguiente, todos los pilotos se negaron a acudir a Valencia a correr el GP F1
de Europa y se suspendieron las carreras, indefinidamente.
A los pocos meses, un día, que Juan estaba en casa, casualmente viendo el gran premio de Shangai,
recibió una discreta llamada:
-¿Dígame?- contestó Juan.
- Ahora sabemos que tienes razón- Juan reconoció la voz al instante- necesitamos que nos cuentes lo que sabes.
- Ahora sabemos que tienes razón- Juan reconoció la voz al instante- necesitamos que nos cuentes lo que sabes.
-Pero, serán capaces de aceptar lo que voy
a decirles – insistió Juan con un resto de desconfianza.
- En este momento no nos queda otro
remedio. Te esperamos en la curva 17. Estoy, … estamos preparados para saberlo
todo.
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