martes, 3 de abril de 2012

Cuento fantástico Curva 17

 
Curva 17
Jose Daniel Olivares

Era un día soleado de junio en el Valencia Street Circuit, en el que la euforia y la alegría de la gente llenaba el ambiente, un día de los que te hacen sentirte feliz. Juan estaba con su panda de amigos de siempre y la carrera de fórmula uno iba a comenzar.
De repente le vino a la memoria cuando hace tan sólo unos años rondaban él y sus amigos por los alrededores del circuito aún por construir: la antigua industrialización, las viejas vías del tren, el bidón gigante oxidado que tenía unas viejas escaleras endebles y chirriantes desde las que, una vez arriba, se veía toda la zona y sobretodo el cementerio.
Estaba metido en estas ensoñaciones, cuando un ruido estridente le devolvió a la realidad. Momentáneamente desconcertado, preguntó:
-  ¿Qué ha pasado? Estaba en la parra – añadió disculpándose.
- A Jordi Quer, el piloto valenciano, le ha derrapado la rueda y ha tenido un accidente grave, le están sacando en camilla - afirmó seguro su amigo Rafa.
- Siempre igual…accidentes y más accidentes en esa maldita curva – protestó con rabia y  de nuevo retrocedió al pasado.

Le vino a la memoria entonces  la broma que le habían gastado sus amigos dejándole toda la noche en el cementerio, tapando el hueco por donde entraban habitualmente con una piedra enorme.

 Juan, que  era una persona observadora y muy pendiente de los detalles, recordó el momento cuando ya estaba dentro y se fijó con horror en la necrópolis donde por obligación y por la gracia de sus amigos tenía que pasar la noche. Una niebla espesa cubría el camposanto y entonces echó a correr impulsado por el miedo, se iba tropezando con todo, cayó. De pronto, se topó con una lápida.
Apenas se veía un ápice de luz humana pero el resplandor de la luna le permitió fijarse aunque con dificultad en una inscripción escrita sobre la piedra :

« Angustias Alemany Alemany (1962-1980)
Aquí yace con tan sólo 18 años,
su juventud le fue arrebatada
 por un asesino al volante
que nos la quitó para siempre»

Siguió corriendo por todos lados buscando con ansiedad una salida hasta que sofocado e intranquilo, llegó a una zona antigua donde lápidas y tumbas estaban viejas y agrietadas.
Esta vez sí, sintiéndose atrapado en ese lúgubre sitio del que no sabía escapar, Juan, sudoroso y ya exhausto, se sentó y entonces en mitad del silencio de la noche comenzó a oir los cantos siniestros de unos pájaros.
Se asustó tanto que comenzó a coger piedras y a lanzárselas a esas aves aciagas que no veía en absoluto.
Entonces gritó con todas sus fuerzas para intentar acallarlas:

 -Fuera de aquí pajarracos! 

Ya metido por completo en la paranoia, le pareció escuchar voces y lamentos pero además creyó ver perdidas en la oscuridad del cementerio unas siluetas. Sin diferenciarlas del todo adivinó que eran humanas cuando de repente se percató de una voz extremadamente nítida que decía: 

-“Maldita sea! Además de molestarnos habitualmente nos molestas ahora también? Somos muy sensibles a los ruidos, ínfimo mortal. Vuestras maleducadas risas de gamberros ya nos despiertan de nuestra paz cuando tramais maldades por aquí. Haced un intento y dejad de molestarnos si no queréis que nuestra ira caiga sobre vosotros. Sólo os haremos una advertencia. A la próxima…”. 

Juan nunca confesó a nadie lo que le sucedió aquella fría noche a la intemperie, pero sí intentó poco a poco convencer a sus amigos de cambiar de sitio.
Finalmente, acabaron por no acercarse al cementerio, lo miraban desde la distancia, en parte, por la sensación de aprensión y temor que la actitud de Juan a partir de aquella broma les trasmitía y en parte también, por las incipientes obras del circuito.
Cuando el aplauso del público, ovacionando a Jordi Quer, que había levantado la mano para indicar que estaba consciente, y al cuerpo médico que lo acompañaba al hospital, lo trajo de nuevo a la realidad, Juan lo relacionó todo:

-¡Esa curva está maldita! – gritó con todas sus fuerzas.

Juan cegado por la ira saltó al circuito. Sabía que Hermann Tilke estaba en el palco con las autoridades locales rendidas a sus pies. Se saltó toda la seguridad que los protegía. El ataque les pilló tan de sorpresa que  no pudieron detenerlo. Juan cogió de la pechera al diseñador del circuito  y le soltó casi echando el alma por la boca: 

-El cementerio es el causante de todo! Ahí, debajo de esa curva.… la obra invadió parte del cementerio. ¡Hay restos de difuntos que no soportan el estruendo de los coches! ¡Y van a empezar a matar!

Los medios de seguridad lo redujeron y se lo llevaron. Algunos políticos sonrieron desdeñosos mientras corrían a hacerse la foto con los pilotos.
Los
misteriosos accidentes  siguieron año tras año,  los aficionados ya lo llamaban “el circuito de los muertos”, hasta que un día, tras un nuevo suceso mortal, una multitud embravecida saltó al circuito, saltándose los límites de seguridad y en unos segundos, un gentío furibundo invadió el circuito e inició una batalla campal contra la policía.
Hubo más de cincuenta heridos. Al año siguiente, todos los pilotos se negaron a acudir a Valencia a correr el GP F1 de Europa y se suspendieron las carreras, indefinidamente.
 
A los pocos meses, un día, que Juan estaba en casa, casualmente viendo el gran premio de Shangai, recibió una discreta llamada:

-¿Dígame?- contestó Juan.
- Ahora sabemos que tienes razón- Juan reconoció la voz al instante- necesitamos que nos cuentes lo que sabes. 
-Pero, serán capaces de aceptar lo que voy a decirles – insistió Juan con un resto de desconfianza.
- En este momento no nos queda otro remedio. Te esperamos en la curva 17. Estoy, … estamos preparados para saberlo todo.



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