miércoles, 4 de abril de 2012

Cuento fantástico Música por amor

Música por amor 

 Gloria Soliva

Un martes por la tarde, iba yo a clase de clarinete. Entré muy disgustada porque no me salía bien la lección que me había mandado la semana pasada mi viejo profesor Enrique, un carcamal adorable mortalmente aburrido. En cuanto se giró vi que no era él y el nuevo rostro me enamoró al instante.
Se me acercó con curiosidad, casi demasiado.
-         Buenas tardes – me saludó con amabilidad – tu eres Cecilia ¿verdad?-Asentí tímidamente.
-         Soy Víctor, tu nuevo profesor de clarinete – y continuó hablando - ¿Qué lección estabas dando con Enrique?
Con la voz entrecortada le contesté vergonzosamente:
-         Nos quedamos por el dúo 16 del libro Klosé.
-         Vale, pues monta y empezamos con una escala cromática.
Mientras montaba el clarinete, él tocaba lecciones del libro y yo me giraba y le miraba fijamente.
Era un chico joven de una belleza excepcional, algo mayor que yo. Era alto y delgado, una delgadez musculosa, se notaba que hacía ejercicio. Tenía el pelo corto y un poco engominado, de color castaño claro como el chocolate con leche. Sus ojos grandes y redondos era lo que mas me enamoraba de él, tal vez por su expresión. Eran de color miel, preciosos, y miraban directamente a los míos, incluso a veces parecía que intentaban atravesar más allá de mis pupilas.
Me senté a su lado y toqué la dichosa escala cromática, después me puse a tocar la espantosa lección. Entre los nervios de tener a un chico tan guapo al lado y que casi no había estudiado, me salió bastante mal.
Él, de pronto, me cogió de la mano y me miró tan intensamente que me tranquilizó sin decir palabra. ¿Significaba algo? ¿Me querrá?
Volví a intentarlo hasta que conseguí tocarlo, ¡perfecto!
Fueron pasando las semanas y él cada vez me mandaba una lección y partituras tanrománticas. Gracias a él conseguía tocarlas de manera profesional. ¡Era fascinante! ¡Ni yo podía creerlo!
Un día mientras montaba el clarinete me propuso una idea:
-         Cecilia,  soy director de orquesta y me falta un clarinete que pueda tocar un solo. He pensado que tu ya estas capacitada para hacerlo ¿te lo piensas? ¿te gustaría?
-         Claro – contesté de inmediato – pero no se si estoy preparada – añadí, insegura y coqueta al mismo tiempo.
-         Yo te prepararé y cuando llegue el día del concierto lo tocarás estupendamente y puede que un día triunfes en la música.

¡Qué afortunada me sentía! ¡Qué enamorada, también!
Me entregó las partituras del concierto en La Mayor para clarinete y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart. Mozart ¡Qh, grandioso Mozart! Tan mágico y auténtico. Amor en estado puro.
Me estuve preparando durante semanas. En aquella época hasta estudié siete pentagramas diarios en mi casa y cuando los interpretaba delante de él aunque me corregía casi por todo, yo lo soportaba por la pasión que sentía. ¡Cómo sufría! ¡Cómo gozaba!
A veces, me desesperaba e intentaba tirar la toalla pero él me cogía de la mano y me miraba tan tiernamente a los ojos que me hacía continuar tocando. ¡Y cómo interpretaba! ¡Me parecía mentira! ¿Pero era yo? ¡Qué fuerza tiene el deseo!

Cada día llegaba a casa y lo primero que hacía era buscar ansiosa el clarinete. Llegó a gustarme tanto que lo cogía siempre, al llegar del instituto, después de comer, toda la tarde, paraba para descansar apenas solo una hora y para hacer las insípidas tareas de clase, y luego otra vez hasta que caía rendida por el sueño. Tenía tantas ganas de que pasara la semana y que llegara el martes para volver con Víctor y demostrarle mi amor por la música y ¿por él? ¡Qué a gusto estaba con el! ¡Los dedos me iban solos! No necesitaba que me dijera nada, adivinaba sus indicaciones.
Por fin llegó el día, el día que tanto esperaba. Era el día del concierto y no estaba nerviosa. ¡Qué raro! Me sentía segura. Me sabía la partitura desde el primer compás hasta la última nota. ¡Todo gracias a Víctor! Mientras estuviese conmigo allí no había nada que temer.
Subí al escenario, me senté en mi sitio y dio la entrada a los violines. ¡Qué guapo estaba! Llevaba un traje de chaqueta negro, y bajo una camisa blanca. No podía verle de frente, ya que estaba dirigiendo a los violines que estaban justo enfrente de mí y él me daba la espalda. Solo veía su pelo castaño, que ese día no llevaba gomina. Era mi turno. Iba a salirme perfecto. Entonces se giró y me dió la entrada pero ¿dónde estaba Víctor? Dudé un instante, anonadada. De inmediato me puse a tocar.
El solo me salió perfecto, más que prefecto, impresionante. Aunque no estaba Víctor, toqué para él, para atraerle con mi música. Durante los aplausos, lo busqué entre el público que me aclamaba. Lo intenté encontrar por todas partes.
Desesperada le pregunté por él a Enrique:
-         ¿Y Víctor? ¿Cómo es que no está?
Me miró asombrado con cara de no comprender lo que le decía, y no me contestó nada. ¿Había existido alguna vez Víctor? ¿Era cosa de mi imaginación? ¿Qué estaba pasando?
Me fui corriendo a mi casa y me puse a llorar en mi cuarto. No sabía que ocurría. Estuve días encerrada sin querer saber nada de la música. Hasta que una noche, desesperada, volví a coger el clarinete y comencé a tocar de nuevo aquel concierto.
Fue la interpretación más desgarradora de mi vida, la más auténtica, la más triste y la más feliz. Allí completamente sola sin nadie a mi alrededor. Con él.

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