VIAJE A ROMA
AlejandroLópez
Izaskun y Fabián
estaban acurrucados en mi portal. Era un día de mucho viento y cuando los
reconocí, abrí la puerta y les invité a pasar dentro. En ese instante Fabián, me reconoció a su vez.
Era su antiguo amigo Rómulo.
Una vez nos
saludamos, les invité a subir a mi piso. Fabián tras unos momentos dubitativos,
decidió aceptar. Al llegar al ascensor tecleé una clave y las luces
parpadearon.
Por un instante, nos
quedamos en una completa oscuridad cuando de repente la puerta se abrió.
Apareció un pasadizo
de piedra muy antiguo por el que transitaban unos hombres sin apenas ropa con
corazas del siglo I de la antigua Roma. Fabián e Izaskun se quedaron atónitos
de encontrarse en un anfiteatro romano. En efecto, les indiqué que se colocaran
en un palco junto a los patricios romanos que, de un momento a otro, disfrutarían viendo a los gladiadores luchando entre sí. Gladiadores, que
lucharían con todas sus fuerzas por volver a ver un día más la puesta del sol.
La multitud chillaba
eufórica, como si de un partido de fútbol se tratara. De repente, el César Augusto se alzó y todos
callaron, como si temieran por sus
vidas.
- ¡Ciudadanos
de Roma!- gritó
- ¡Ahh! ¡Ohh! –
aulló el gentío expectante.
- ¡Rómulo! el
espartano de Grecia, el mejor del ``Ludus´´ de Júpiter, ¡Crikso! de Troya,
¡Alessandro! de Roma, ¡A la arena!- ordenó.
El público aplaudió
a los gladiadores y yo salí con ganas aupado por los gritos del pueblo romano.
Izaskun y Fabián me miraban.
¡No lo podían
creer! Yo, su amigo Rómulo, estaba
en la arena de un circo romano apunto de pelear allí como uno más.
Entonces el César
dispuso:
- ¡Que saquen las
bestias!
Entonces vi cuatro
ojos observando desde el cubil norte; dos cabezas peludas salieron del interior
de aquella abominable jaula. Eran una pareja de tigres, parecían hambrientos
pero pensé:
-Saborearán el filo
de mi espada.
Mientras los otros
gladiadores luchaban entre sí, las dos bestias se me abalanzaron, hice un
movimiento y le hinqué la espada al primero en el estómago, de tal forma que lo
destripé en el acto. Un río de
sangre empapó la arena.
El otro tigre
reculó, esperaba el momento de desgarrarme de un zarpazo.
Los dos nos
decidimos a emprender el ataque. Con un movimiento preciso y al milímetro, no
le di opción, le rebané la cabeza.
El anfiteatro rujió,
y ello me empujó a batirme con otros dos gladiadores que al parecer estaban en
tablas.
Me acerqué a
Alessandro y le dije algo , los dos fuimos a por Crikso, le herí en una pierna
y cayó al suelo. Cuando trataba de defenderse, Alessandro le tiró una lanza que
le atravesó el pecho de parte a parte.
Ahora sólo
quedábamos el otro y yo, le permití coger la lanza y comenzó la pelea. Comencé
el ataque por sorpresa y con tanta fuerza que al intentar defenderse se le partió
la lanza. Mi espada, en cambio,
apenas se desvió, siguió su trayectoria y quedó clavada en su cráneo.
¡Yo, Rómulo, el todo
poderoso gladiador, salí victorioso!
En seguida, miré
hacia mis amigos y les hice una señal para que bajaran.
-
¡hay sangre y sesos
por todos lados!-me dijeron, en tono de reproche.
Los llevé de vuelta
ante la puerta por donde habíamos aparecido y la cruzamos.
De nuevo, estaba
oscuro y al instante se hizo la luz.
Estábamos en el
ascensor, tal como había previsto. Cuando se detuvo estábamos en el portal
ellos callados y
desencajados se fueron sin despedirse apenas.
Yo en cambio estaba
eufórico. Fui a ducharme y a quitarme la sangre y la arena que cubrían mi torso y mi cuerpo entero.
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