martes, 3 de abril de 2012

Cuento fantásrtico Viaje a Roma



VIAJE A ROMA

AlejandroLópez

Izaskun y Fabián estaban acurrucados en mi portal. Era un día de mucho viento y cuando los reconocí, abrí la puerta y les invité a pasar  dentro. En ese instante Fabián, me reconoció a su vez. Era su antiguo amigo Rómulo.

Una vez nos saludamos, les invité a subir a mi piso. Fabián tras unos momentos dubitativos, decidió aceptar. Al llegar al ascensor tecleé una clave y las luces parpadearon.
Por un instante, nos quedamos en una completa oscuridad cuando de repente la puerta se abrió.
Apareció un pasadizo de piedra muy antiguo por el que transitaban unos hombres sin apenas ropa con corazas del siglo I de la antigua Roma. Fabián e Izaskun se quedaron atónitos de encontrarse en un anfiteatro romano. En efecto, les indiqué que se colocaran en un palco junto a los patricios romanos que, de un momento a otro,  disfrutarían  viendo a los gladiadores luchando entre sí. Gladiadores, que lucharían con todas sus fuerzas por volver a ver un día más la puesta del sol.

La multitud chillaba eufórica, como si de un partido de fútbol se tratara. De repente,  el César Augusto se alzó y todos callaron,  como si temieran por sus vidas.

- ¡Ciudadanos de Roma!- gritó

- ¡Ahh! ¡Ohh! – aulló el gentío expectante.

- ¡Rómulo! el espartano de Grecia, el mejor del ``Ludus´´ de Júpiter, ¡Crikso! de Troya, ¡Alessandro! de Roma, ¡A la arena!- ordenó.

El público aplaudió a los gladiadores y yo salí con ganas aupado por los gritos del pueblo romano. Izaskun y Fabián me miraban.
¡No lo podían creer!  Yo, su amigo Rómulo, estaba en la arena de un circo romano apunto de pelear allí como uno más.

Entonces el César dispuso:

- ¡Que saquen las bestias!

Entonces vi cuatro ojos observando desde el cubil norte; dos cabezas peludas salieron del interior de aquella abominable jaula. Eran una pareja de tigres, parecían hambrientos pero pensé:

-Saborearán el filo de mi espada.

Mientras los otros gladiadores luchaban entre sí, las dos bestias se me abalanzaron, hice un movimiento y le hinqué la espada al primero en el estómago, de tal forma que lo destripé en el acto.  Un río de sangre empapó la arena.
El otro tigre reculó, esperaba el momento de desgarrarme de un zarpazo.
Los dos nos decidimos a emprender el ataque. Con un movimiento preciso y al milímetro, no le di opción, le rebané la cabeza.
El anfiteatro rujió, y ello me empujó a batirme con otros dos gladiadores que al parecer estaban en tablas.

Me acerqué a Alessandro y le dije algo , los dos fuimos a por Crikso, le herí en una pierna y cayó al suelo. Cuando trataba de defenderse, Alessandro le tiró una lanza que le atravesó el pecho de parte a parte.

Ahora sólo quedábamos el otro y yo, le permití coger la lanza y comenzó la pelea. Comencé el ataque por sorpresa y con tanta fuerza que al intentar defenderse se le partió la lanza.  Mi espada, en cambio, apenas se desvió, siguió su trayectoria y quedó clavada en su cráneo.
¡Yo, Rómulo, el todo poderoso gladiador, salí victorioso!

En seguida, miré hacia mis amigos y les hice una señal para que bajaran.

-       ¡hay sangre y sesos por todos lados!-me dijeron, en tono de reproche.

Los llevé de vuelta ante la puerta por donde habíamos aparecido y la cruzamos.
De nuevo, estaba oscuro y al instante se hizo la luz.
Estábamos en el ascensor, tal como había previsto. Cuando se detuvo estábamos en el portal
ellos callados y desencajados se fueron sin despedirse apenas.
Yo en cambio estaba eufórico. Fui a ducharme y a quitarme la sangre y la arena que cubrían  mi torso y mi cuerpo entero.


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